Danza invisible

Estándar

Todo empieza de a poco.
De a poco vas calentando
de a poco educas tu cuerpo
de a poco te Deslizas

Cada herida un reto
cada reto una ilusión;
cada ilusión el motor necesario
para poner en marcha
una pierna y otra,
y hasta el corazón.

Bajo la barra de una
férrea disciplina
que no entiende de dolor;
se van forjando tus huesos
moldeando tu interior.

No quieres ser el cisne negro
te conformas con no tropezar
sabiendo que es casi imposible;
porque pase lo que pase,
castigarán tu forma de actuar.

Y así… vas aprendiendo
que el clásico no es como
el contemporáneo o como el Jazz,
lo distingues desde niña
desde que los golpes aprietan sin cesar.

Tratas de ejecutar tus pasos
en allégro;
dando el resto
en l’ aire o à terre.

Consciente de que no estarán exentos de reproches,
que llegarán en forma de gritos
o Dios sabe qué.

Las tiritas que colocas
delicadas en los pies
no te son ajenas
forman tu segunda piel.

Las mimas con esmero
como si fueran a curar;
aunque observas cómo van cambiando de forma.
Cómo se adaptan a tan frenética actividad.

Cuando creces y lo dejas
ya nada será igual.
Porque la disciplina que caló un día en tus huesos,
siempre te acompañará.

Recordarás cada herida
cada esguince, cada avatar;
como las voces de la experiencia
que te enseñaron a no llorar.

A reconocer cada momento
a esquivar y caer con dignidad.
A gritar en silencio.
A danzar en la oscuridad.

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Imagen de Alexander Sheversky.

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